Para dementes que conocen la locura estando totalmente cuerdos...

viernes, 27 de noviembre de 2009

El fin.


Para que una casa pueda mantenerse en pie es necesario que tenga buenos cimientos.
Si no los tiene muy posiblemente se vendrá abajo.
Si se quiere edificar de nuevo, tendría que ser derrumbada hasta los cimientos.

Así me sentía yo.
No creo que tuve buenos cimientos. O tal vez si los tuve pero los perdí en el trayecto. O simplemente olvidé que los tenía, tantas hipótesis y ninguna me convence.
Mi estructura emocional estaba desecha. Mi estructura física estaba cada vez más dañaba. Lloraba mucho, dormía poco, no comía y mi sangre era mi refugio.
Mi refugio falso, doloroso, mi perdición.
Estaba enloqueciendo de una manera muy dulce, tan dulce que empalagaba.
Sentía la boca seca y los ojos pesados cuando desperté.
Pude ver mi cuerpo que yacía perfectamente intacto en esa cama. Esa cama donde había tenido un montón de experiencias, donde mis amigas habían dormido, donde había llorado con el consuelo de mi almohada. Donde había hablado tantas horas contigo, a las cuatro de la mañana sin hacer ruido para que nadie se diera cuenta. Ahí se habían tejido tantas historias que me cuesta trabajo ponerlas en orden. Mis sentidos se encontraban en total desacuerdo ahora.
Entonces mire al cielo y vi esa luz.
Era tan fuerte, tan cegadora.
Era como si yo hubiera sido ciega toda mi vida. Resplandecía de una manera sobrenatural, cualquier persona que la viera probablemente hubiera echado a correr.
Pero yo me quede ahí mirando. Sentí tanta paz que no pude moverme, mis piernas se entumecieron y no pudieron dar un paso.
Miré hacia mi cama.
Esa cama donde tantas historias se habían tejido... tantas. Tantas.. Tantas... Tantas... Tantas noches que pase ahí llorando, riendo, bromeando, sintiendo, pensando, extrañandote.
Mis pensamientos? No había. Por primera vez podía decir que no pensaba en nada. Mi mente quedo inundada de esa brillantez.
Volví a mirarme... ese cuerpo, ese cabello, era yo, si, era yo. Pero no me supe distinguir.
Este era el fin.
Yo lo sabía.
Yo lo supe.

El fin.


Para que una casa pueda mantenerse en pie es necesario que tenga buenos cimientos.
Si no los tiene muy posiblemente se vendrá abajo.
Si se quiere edificar de nuevo, tendría que ser derrumbada hasta los cimientos.

Así me sentía yo.
No creo que tuve buenos cimientos. O tal vez si los tuve pero los perdí en el trayecto. O simplemente olvidé que los tenía, tantas hipótesis y ninguna me convence.
Mi estructura emocional estaba desecha. Mi estructura física estaba cada vez más dañaba. Lloraba mucho, dormía poco, no comía y mi sangre era mi refugio.
Mi refugio falso, doloroso, mi perdición.
Estaba enloqueciendo de una manera muy dulce, tan dulce que empalagaba.
Sentía la boca seca y los ojos pesados cuando desperté.
Pude ver mi cuerpo que yacía perfectamente intacto en esa cama. Esa cama donde había tenido un montón de experiencias, donde mis amigas habían dormido, donde había llorado con el consuelo de mi almohada. Donde había hablado tantas horas contigo, a las cuatro de la mañana sin hacer ruido para que nadie se diera cuenta. Ahí se habían tejido tantas historias que me cuesta trabajo ponerlas en orden. Mis sentidos se encontraban en total desacuerdo ahora.
Entonces mire al cielo y vi esa luz.
Era tan fuerte, tan cegadora.
Era como si yo hubiera sido ciega toda mi vida. Resplandecía de una manera sobrenatural, cualquier persona que la viera probablemente hubiera echado a correr.
Pero yo me quede ahí mirando. Sentí tanta paz que no pude moverme, mis piernas se entumecieron y no pudieron dar un paso.
Miré hacia mi cama.
Esa cama donde tantas historias se habían tejido... tantas. Tantas.. Tantas... Tantas... Tantas noches que pase ahí llorando, riendo, bromeando, sintiendo, pensando, extrañandote.
Mis pensamientos? No había. Por primera vez podía decir que no pensaba en nada. Mi mente quedo inundada de esa brillantez.
Volví a mirarme... ese cuerpo, ese cabello, era yo, si, era yo. Pero no me supe distinguir.
Este era el fin.
Yo lo sabía.
Yo lo supe.