Para dementes que conocen la locura estando totalmente cuerdos...

lunes, 8 de febrero de 2010

Con la fidelidad de un café.


Las 8.31 pm.
Un Lunes 08 de Febrero.
Las horas pasan lentamente en el silencio de mi habitación.
Mi gran ventana, testigo de mis innumerables días grises, de mis derrumbes y mis reconstrucciones. Es más fácil dar lucha cuando se sabe que la esperanza prevalece.
Esperanza? Había olvidado el significado de esa palabra.
Y no es por que quiera ser negativa, pero como mencioné antes (o mejor dicho, un montón de veces antes), tenía la gran capacidad de meterme en líos amorosos, de romperme, de ser mil, y al final ser yo.
Pero mi ventana era mi gran testigo, quién me vió llorar tu adiós, negar tu perdida y superar tu ausencia.
Era más fácil, porque siempre encontré una manera de sobrellevar el dolor... con otro dolor, si, eso era cierto, pero siempre supe también que encontrar esta manera era solo una forma de disfrazarlo todo. Así que me encontraba con un bonito antifaz, al cual recurría cada que era necesario.
Pero siempre estuve sola. Frente a mi ventana, viviendo lo que venía, luchando lo que venía, superando lo que venía... pero siempre sola.
Sola, con un café. Un café, mi ventana y yo.
Un café en el que aprendí a ahogar cada una de mis pasiones, a dejar ir cada frustración... a sangrar cada dolor. Y cuando lo digo no estoy siendo literal, claro que no. De verdad sucedió todo, y tengo muestras que pueden darle validez a lo que escribo.
Y siempre estuve sola.
Sola con mi único amante. Mi café.

Con la fidelidad de un café.


Las 8.31 pm.
Un Lunes 08 de Febrero.
Las horas pasan lentamente en el silencio de mi habitación.
Mi gran ventana, testigo de mis innumerables días grises, de mis derrumbes y mis reconstrucciones. Es más fácil dar lucha cuando se sabe que la esperanza prevalece.
Esperanza? Había olvidado el significado de esa palabra.
Y no es por que quiera ser negativa, pero como mencioné antes (o mejor dicho, un montón de veces antes), tenía la gran capacidad de meterme en líos amorosos, de romperme, de ser mil, y al final ser yo.
Pero mi ventana era mi gran testigo, quién me vió llorar tu adiós, negar tu perdida y superar tu ausencia.
Era más fácil, porque siempre encontré una manera de sobrellevar el dolor... con otro dolor, si, eso era cierto, pero siempre supe también que encontrar esta manera era solo una forma de disfrazarlo todo. Así que me encontraba con un bonito antifaz, al cual recurría cada que era necesario.
Pero siempre estuve sola. Frente a mi ventana, viviendo lo que venía, luchando lo que venía, superando lo que venía... pero siempre sola.
Sola, con un café. Un café, mi ventana y yo.
Un café en el que aprendí a ahogar cada una de mis pasiones, a dejar ir cada frustración... a sangrar cada dolor. Y cuando lo digo no estoy siendo literal, claro que no. De verdad sucedió todo, y tengo muestras que pueden darle validez a lo que escribo.
Y siempre estuve sola.
Sola con mi único amante. Mi café.