Para dementes que conocen la locura estando totalmente cuerdos...

domingo, 10 de octubre de 2010

Sueños y miradas.

Su mirada se posaba dulcemente sobre su cuerpo. Sobre su alma. Sobre su amor.
Ahí estaba ella. Su mujer.
Se pertenecían desde muchos siglos atrás. Desde antes de que el mundo fuera formado, desde que el cielo comenzaba a dar señales de presencia.
Eran dos seres que formaban uno solo. Se amaban.
Sus ojos se posaban sobre ella, de una extraña manera. Ella, totalmente sorprendida se daba cuenta de que nadie nunca la miró de esa manera. Había sido mirada antes, claro, cuando caminaba por la calle sentía esas miradas ansiosas, llenas de deseo, llenas de perversión. Habían mirado su cuerpo muchas veces, más núnca nadie había mirado su alma. Hasta esa noche.

Entonces la magia se hacía presente, cuando notaba algo magnífico en el ambiente: no sería la primera noche. Algo le hacía sentir que esto era algo más. Era el inicio del resto de sus vidas. Porque ella era su mujer. Sólo él le daba la sensación de amor, de comprensión que nunca nadie le dió jamás. Solo él, ese hombre que tenía frente a ella, ese hombre que la miraba de esa forma tan distinta, solo él. Y ahora no había nada más que amarse. Por siempre. Por los siglos de los siglos amén. Algo así había escuchado muchas veces en películas, novelas y cuentos. Y ahora ella era la protagonista de su propia historia.

Ella, que no era perfecta, ella que escribía mientras sus amigos estaban en cualquier discoteca local bailando, o que leía hasta dormir. Que amaba la música clásica y no cualquier clase de movimiento musical novedoso. Esa mujer que soñaba en clase imaginando el gran día.  Y ahora ella había pasado de ser una desconocida a ser quién dormía al lado de este ángel. Nunca nadie le había dicho que clase de milagros pasaban ocasionalmente para que ahora ella tuviera la realidad más hermosa. Y si alguien se lo hubiera dicho probablemente no lo hubíera creído. 
Ella era felíz..
            ... Por el simple hecho de ser su mujer. 

Sueños y miradas.

Su mirada se posaba dulcemente sobre su cuerpo. Sobre su alma. Sobre su amor.
Ahí estaba ella. Su mujer.
Se pertenecían desde muchos siglos atrás. Desde antes de que el mundo fuera formado, desde que el cielo comenzaba a dar señales de presencia.
Eran dos seres que formaban uno solo. Se amaban.
Sus ojos se posaban sobre ella, de una extraña manera. Ella, totalmente sorprendida se daba cuenta de que nadie nunca la miró de esa manera. Había sido mirada antes, claro, cuando caminaba por la calle sentía esas miradas ansiosas, llenas de deseo, llenas de perversión. Habían mirado su cuerpo muchas veces, más núnca nadie había mirado su alma. Hasta esa noche.

Entonces la magia se hacía presente, cuando notaba algo magnífico en el ambiente: no sería la primera noche. Algo le hacía sentir que esto era algo más. Era el inicio del resto de sus vidas. Porque ella era su mujer. Sólo él le daba la sensación de amor, de comprensión que nunca nadie le dió jamás. Solo él, ese hombre que tenía frente a ella, ese hombre que la miraba de esa forma tan distinta, solo él. Y ahora no había nada más que amarse. Por siempre. Por los siglos de los siglos amén. Algo así había escuchado muchas veces en películas, novelas y cuentos. Y ahora ella era la protagonista de su propia historia.

Ella, que no era perfecta, ella que escribía mientras sus amigos estaban en cualquier discoteca local bailando, o que leía hasta dormir. Que amaba la música clásica y no cualquier clase de movimiento musical novedoso. Esa mujer que soñaba en clase imaginando el gran día.  Y ahora ella había pasado de ser una desconocida a ser quién dormía al lado de este ángel. Nunca nadie le había dicho que clase de milagros pasaban ocasionalmente para que ahora ella tuviera la realidad más hermosa. Y si alguien se lo hubiera dicho probablemente no lo hubíera creído. 
Ella era felíz..
            ... Por el simple hecho de ser su mujer.